PAPÁ EN PARO. HOY: LA SEÑORA VICENTICA
Esta mañana iba yo caminando por la calle carro y niño en ristre, cuando he visto en un balconcillo enrejado a pie de calle tres camitas, tres comederos y tres gatos.
Mi cabeza, que va por libre, enseguida ha empezado a elucubrar con el cuento de Ricitos de Oro, pero por el tipo de barrio por el que estábamos paseando, en vez de rubita y con tirabuzones, hubiera sido una okupa rastafari conocida en su círculo íntimo como la 'Penumbra', dedicada a la cria de ratas de compañía para punks, y al nunca suficientemente ponderado arte del malabarismo con mazas en el parque. Mi imaginación es así. A veces me asusta.
Fuera del balcón había un gato gordo como un ceporro. El radar de Diego se ha activado y dedo tieso y gruñiditos varios me han indicado el camino a seguir: hacia el gato, todo recto y sin perder tiempo. Pensé que el gato se iría, pero no, el tio pachorro se ha quedado tan tranquilo mientras Diego emitía todo tipo de sonidos y se meneaba cual niño del exorcista, emocionado por la presencia gatuna.
En ese momento, como si estuviéramos en una telecomedia americana (sólo han faltado los aplausos), ha aparecido de repente una señora de cincuenta y tantos años, con babero standar madre-abuela, un bote de alcohol y un par de algodones, ha cogido al gato gordo y le ha dicho :
-Tienes la cara hinchada. ¿Con quién te has pegado?
Lo primero que me ha venido a la mente es: ¿Y si el gato le contesta? En fin, ya sabéis cómo funciona lo mío.
Como si fuera una depredadora, la señora ha cogido al gato y obviando el algodón le ha quitado al animalito de las orejas, A DEDO DESCUBIERTO, una cantidad de porquería suficiente para alimentar a todas las cucarachas de los alrededores. En ésto estoy pensando cuando me percato de que éste y otros gatos ( han aparecido más ) van detrás de la señora como hipnotizados, como si la Doña fuera la Flautista de Hamelín, pero con mininos en lugar de ratas apestosas. Entonces me doy cuenta de que me hallo ante una genuina y real 'SEÑORA DE LOS GATOS'. Señoras que, enarbolando su tupper con paella revenida y puntas de mortadela con aceitunas, bajan en camisón y pantuflas a alimentar a los gatos callejeros a horas intempestivas. Si los gatos tuvieran religión, harían estatuas con su imágen y las sacarían en procesión.
Acto seguido, la señora se ha dirigido a mí y, aliviado por no haber triunfado en la vida, ser un concejal y tener que darle la mano, ha empezado a hablarme. Se la veía con ganas de charlar. Al pronto me ha entrado una familiar sensación de agobio, e inconscientemente he pensado: "tengo prisa", pero enseguida me he dado cuenta de que si algo no tengo es prisa, y que no teniendo que aparecer por casa hasta dos horas después, igual no estaba mal conversar un poco con la señora a la antigua usanza, sin una pantalla de por medio y asintiendo con la cabeza, no pinchando en una etiqueta que dice 'Me gusta'.
Como si fuera un reportero moderno rollo 'Callejeros', le he preguntado:
-¿Y cuántos gatos tiene usted?
La señora Vicentica -así dice llamarse- no me ha decepcionado y, como si fuera lo más normal del mundo, me ha contestado:
-7 en casa, y todos éstos que ves alrededor también son míos, pero no estan en casa porque son callejeros.
Yo no me he dado ni cuenta pero a medida que hablamos tres o cuatro gatos más han aparecido de no se sabe dónde.
Pienso: Los pájaros de Hitchcock, pero con gatos, parece ésto. Pero digo:
-Ah...Los cuida usted...
-Si, mira...¿Ves ese coche de ahí?
-Sí.
-Pues es mío. Mira debajo... ¿Ves? Ahí hay un colchón, y un comedero. El agua se la cambio todos los días, ¿Eh? Y el coche no lo muevo nunca, porque ahí vive un par de gatos. Por cierto, ¿Quieres un gato? Es que no paran de parir y me falta uno por colocar.
Sin darme tiempo a responder, la señora continua con su particular monólogo:
-¿Y ves ese otro coche de ahí? Está abandonado. Yo lo he sellado todo y ahora hay una gata que tiene a las crías dentro. En serio, ¿no quieres un gatito?
En ese punto de la conversación yo ya llevaba bastante rato ojiplático. Habré pasado pora ahí cien veces y nunca me había percatado de que estaba pasando por una especie de Marina D´Or gatuno.
-No, se lo agradezco pero ahora mismo no. Más adelante quizás... ( si aparezco en casa con un gato, sin avisar, igual salgo yo por la ventana).
Intento meter baza:
La gente es cruel con los gatos, los envenenan... En mi barrio le pegaron fuego a un descampado sólo por acabar con los ellos. Supongo que las ratas y las cucarachas se habrán alegrado bastante.
Y ahí la señora tuerce el gesto y dice:
- Yo sería capaz de pegar si veo que alguien agrede a un gato o a un animal. Los animales, los niños y la gente mayor se merecen lo mejor, y no que les hagan daño.
Lo ha dicho con tanto sentimiento que no puedo evitar pensar que, en ese discurso, subyace algo más que lo aparente. La señora sigue hablando:
-Yo es que soy separada y...
Y me ha contado su vida. Cosas que yo creo que son bastante personales para contarle a un tipo con el que has estado hablando de gatos. Pero yo he dejado que se explaye, porque si alguien no tiene una necesidad vital de desahogarse no le cuenta su vida al primer desconocido que pasa. Hasta Diego, que normalmente gruñe a los 15 segundos de estar parados en el mismo sitio ( lo que andamos, señor...) estuvo ahí tranquilito mientras la señora me contaba todas sus penurias.
Una vez que la conversacíon ha terminado su ciclo vital me he despedido, y ella me ha dicho, "un placer conocerte y, ya sabes, si alguien quiere un gatito..."
Mientras me alejo de allí, no puedo evitar reflexionar sobre lo que acaba de pasar. La calle está llena de gente corriente y pintoresca, con historias de película, y pasamos a su lado todos los días. En circunstáncias normales, antes del 'frenazo' a mi ritmo de vida, la prisa hubiera podido a la curiosidad. No me hubiera parado bajo un balcón ajeno y no hubiera conocido a la señora Vicentica, ni a sus gatos, ni hubiera descubierto la ciudad-dormitorio gatuna que tenía allí montada, ni hubiera sabido de sus penurias. Por eso,cuando esté de nuevo subido en el tren, teniendo por compañeros de asiento al estress y la rutina, espero poder acordarme de ésto y pararme de vez en cuando en una estación, simplemente a mirar a mi alrededor.
ACTUALIZACIÓN: El post terminaba justo aquí, pero por pura casualidad ( ¿existen las casualidades?), he dado con un documento excepcional, digno de ser compartido. Se trata del documental ( que no cunda el pánico dura sólo 10 minutos), 'LA REINA DE LOS GATOS'. El día a día de una señora -podría perfectamente tratarse de la señora Vicentica- que vive por y para los gatos olvidándose, por completo, de ella misma. Una loca para unos, una buena persona para otros. Yo creo que viendo el documental queda claro que las etiquetas son muy difíciles de poner.
LA REINA DE LOS GATOS (Parte 1) - The funniest home videos are here
LA REINA DE LOS GATOS (Parte 2) - For more amazing video clips, click here



Paz dijo
Yo creo que para etiquetar a la gente, todos somos culpables. Juzgamos sin siquiera detenernos a mirar muye bien la situación de los demás. Me agrada que te des cuenta y, porque lo hago siempre, dedícate a observar a la gente, sus actitudes, sus manías y aprenderás mucho de la condición de ser humano.
Saludos,
Paz
19 Agosto 2009 | 09:24 PM